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martes, 17 de junio de 2008

Carta de lectores

¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

En otros tiempos, las campanas de las iglesias sonaban avisando una muerte, y todos los oídos del lugar recibían el mensaje, triste y rotundo.

Usando la imagen, Ernest Hemingway planteó, en su novela “Por quién doblan las campanas”, que los sonidos del destino suenan por alguien y por todos, a la vez. Porque todos vivimos y somos en una red de destinos enlazados.

En el sentido de Hemingway y en otros, acordes con lo que pretendo expresar en este artículo, me pregunto: ¿Por quién doblan hoy las campanas en la Argentina?

Evidentemente, hoy suenan fuerte las que están doblando por el “campo” (palabra “ómnibus” que hace referencia a distintos subsectores agropecuarios). Y ocultas tras el ruido de un conflicto que ya lleva tres meses, están sonando desde hace tiempo las de la pobreza y la indigencia, las de “los nadies” en palabras no despectivas de Eduardo Galeano.

Estas campanas, en apariencia diferentes, doblan con sonidos muy parecidos, y suenan diciendo que aquí y ahora, en este país al sur de la existencia, no está todo bien ni lo estará si muchos de nuestros gobernantes continúan sordos ante la realidad y los justos reclamos, y si se prosigue gobernándonos de modos reñidos con la forma republicana de gobierno.

Sostengo que si viviéramos en una verdadera República (esto es, con autoridades que, respetando la división de poderes, cumplieran con sus funciones constitucionales sin avanzar en competencias ajenas) todos los argentinos tendríamos garantizada la mejor vida posible. O dicho así, todos contaríamos con la seguridad económica que los libres entre iguales necesitan no sólo para sobrevivir sino para bien vivir en común.

Lamentablemente, mal vivimos y convivimos en una democracia vaciada de contenido republicano. Y esto tiene consecuencias concretas, palpables.

Un efecto de este estado de cosas es que muchos compatriotas, por diversos motivos y desde hace años, salen a cortar rutas y calles para hacerse ver y oír, y esto es indicio de que algo (o mucho) no funciona a nivel institucional. Muchos “salen a cortar” porque no ven “salidas” institucionales, y/o porque sienten que desde el poder se los perjudica con actos muchísimo más graves que los del “piquete” o del “corte”.

Si no se quiere gente en las rutas y calles, si se quiere diálogo y paz social, si se quiere gobernabilidad y no anarquía, pues que nuestras autoridades hagan que la República exista efectivamente de una buena vez y para siempre.

A sabiendas de que debemos construirla entre todos, me atrevo a decir que, mientras los que nos gobiernan no hagan un “giro copernicano” hacia la forma republicana, a menudo veremos penosas peleas entre ciudadanos de a pie en la vía pública, y oiremos indignados que sin mirar para “arriba” se llevan preso y procesan a quien desde “abajo” se manifiesta.

Con respecto al conflicto del “campo”, he de reconocer que algunas luces ya iluminan este oscuro panorama institucional. Por un lado, es de celebrar que el Defensor del Pueblo de la Nación esté interviniendo en ejercicio de sus facultades constitucionales, y que algunos gobernadores, intendentes y legisladores nacionales estén hablando con autonomía en medio del alineamiento disciplinado. Y por otro lado, es de elogiar que, pese a lo difícil que es hoy creer en “salidas” institucionales, los ruralistas y sus dirigentes han apostado a recurrir a la Defensoría del Pueblo y están juntando firmas para que el Parlamento intervenga (he firmado, pero me da vergüenza ajena ver que estos ciudadanos anden con planillas, cuando es el Congreso, sin necesidad de planilla alguna, el que debe legislar sobre la contribución de las retenciones porque así se lo manda la Constitución, según interpreto sus Artículos 4 y 75).

Otra de las consecuencias de este estado de cosas es que los ingresos vienen distribuyéndose en forma desigual y arbitraria. O expresado de este modo: el estado de permanente excepción en el que vivimos viene permitiendo que una persona, solita su voluntad, dé aquí y quite allá con escaso o nulo control parlamentario y/o judicial. Así, en virtud de decretos de necesidad y urgencia, de delegaciones legislativas otorgadas mediante una Ley de Emergencia que se prorroga desde el 2002 sin solución de continuidad, y de Presupuestos Nacionales que facultan al Ejecutivo a disponer de ciertas partidas a discreción, se viene manejando la economía del país y, en realidad, el bolsillo de los argentinos. Así, sin una global reforma impositiva (que, vía ley del Congreso y gracias a una sustancial baja del IVA, posibilite una equitativa distribución de los ingresos), con una Ley de Coparticipación pendiente desde la Reforma Constitucional de 1994, y con gobernadores que van a la Capital a pedir limosnas con evidente menoscabo de la forma federal de gobierno, venimos transcurriendo. Así, a merced de alguien que subsidia por acá y retiene más (¿o confisca?) por allá, venimos existiendo. Y así, y por todo esto, sucede lo que sucede con la pobreza y con el “campo”.

Hay gente de a pie que, con honestidad intelectual, piensa que hoy sólo se debe prestar atención a las doloridas campanas de los pobres. A mi modo de ver, hay que escuchar las dos campanas, puesto que son caras de una misma moneda, puesto que son caras golpeadas por un mismo modelo de excepción. Hay pobreza e indigencia porque la torta no está bien repartida, y no está bien repartida porque el Parlamento hace mutis por el foro con respecto a la reforma tributaria. Hay pobreza e indigencia, e insuficiente educación, salud y seguridad, no porque el “campo” no quiera aportar lo suyo, sino porque lo aportado por los “campesinos” (y otros sectores) hasta ahora no llega o llega adonde un solo dedo lo dispone…Y los pequeños y medianos productores están actualmente en conflicto, no porque quieran seguir nadando en la supuesta abundancia que consiguieron en estos años, sino porque a través de una Resolución ministerial (y no una Ley del Poder Legislativo) se ha dispuesto retenerles un porcentaje de dudosa constitucionalidad, porque “el qué” y “el cómo” de la medida de marzo huele poco a República y mal huele a que es “funcional” a la concentración de la renta agraria en unos pocos.

Ambos sectores son víctimas de este modelo de poder concentrado, aunque uno haya progresado en los últimos tiempos. Los unos ya están en el espacio de la invisibilidad, olvidados y desconocidos, “…entre las altas barrancas. En lo hondo….”, como diría el poeta Juan L. Ortiz. Y los otros, si este modelo no se modifica, ¿a qué lugar podrían ser arrojados?

Ninguna de estas dos campanas son verdaderamente escuchadas por el Poder Central. Si de verdad oyera, estaría gobernando de otra forma.

El Gobierno proclama que su opción es por los poco o nada tienen. Pero si de verdad oyera, no estaría manteniendo el Plan Jefes y Jefas (bueno para la emergencia que tuvimos, pero no para varios ejercicios con superávit). Si de verdad oyera, estaría conduciéndolos al “dónde” y “cómo” de la “pesca” digna y dignificante.

El Ejecutivo Nacional arguye, respecto de las retenciones móviles, que a los pequeños y medianos chacareros les ha dado una solución. Si de verdad oyera, los hubiera eximido de pagar los nuevos porcentajes (que suenan a confiscación, por cierto). Si de verdad oyera, no les hubiera prometido “compensarlos”. Porque las anunciadas “compensaciones” más que oler a burocracia, huelen a intentos de disciplinarlos y de convertirlos en “clientes”, o lo que es igual, saben a la variante para ruralistas del eternizado Plan Jefes.

¿Por quién doblan las campanas en la Argentina de hoy? Doblan por los pobres y por el “campo”, pero también doblan por ti y por mí y por todos nosotros…En otras palabras, doblan llamando a que todos nos solidaricemos con los que, aquí y ahora, están siendo directamente afectados por el modelo de excepción. Pero también doblan llamando a que todos nos demos cuenta de que, mañana o pasado mañana, pueden doblar por cualquiera de nosotros, porque en un modelo como éste nadie está exento de sufrir perjuicio y daño a causa del modelo mismo.

Doblan las campanas en el país, advirtiéndonos a todos. Y sin embargo, se escuchan desde algunos medios capitalinos voces “asqueadas” y “hartas” del problema del “campo”, como si el problema de vivir en un estado de permanente excepcionalidad no fuera también de ellos y de todos…Con Benedetti le digo al que quiera oír: “Despabílate… / que el horror amanece”; y con Manrique de la mano: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando…” lo que se le puede venir el día menos pensado.

Soy docente, pertenezco a un sector que defiende con dignidad sus derechos, me defino como una socialista republicana sin partido, llevo una vida urbana en Paraná (capital de la Provincia que impulsó la Constitución de 1853), no me afectan directamente las retenciones móviles, pero sí me hiere ver que lo que está pasando pasa porque no tenemos un gobierno auténticamente republicano. A mi inteligencia y a mi corazón no le da lo mismo tener o no tener una República en funcionamiento. Y que no me digan “golpista” por esto, porque quedaría perpleja. ¿Adherir a la plena vigencia de la Constitución y de sus diversas instituciones, ahora, es “golpismo”?

Más vale sigo escuchando las campanas que suenan, llamándome a decir y a hacer algo. Y si me ladran, será que estoy cabalgando por el camino de poner el cuerpo y palabras. Otros, que están en silencio y sin que les ladren, hacen falta y deberían salir a la palestra. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga (y aclaro que no estoy aludiendo a las voces opositoras y eclesiales que ya se han expresado).

¿Por quién doblan las campanas, hoy, en Argentina? Están doblando por todos, y es hora de saberlo y de decirlo con la firme claridad de los ciudadanos libres entre iguales.

POST DATA: todo lo anteriormente expresado estaba en borrador al momento del discurso presidencial del pasado lunes. Con pena y vergüenza tengo que decir que, después de escucharlo, decidí que no debía rectificarlo en nada, sino por el contrario, ratificar mis dichos, agregando lo siguiente:

Sin Constitución y sin República, no se puede ni se debe solucionar la pobreza en la Argentina. Sin Constitución y sin República, no se puede ni se debe determinar “qué sector” y “con cuánto” ha de contribuir a su solución. El fin, por más loable que sea, no justifica los medios. Y si hoy por hoy se están justificando medios no constitucionales de gobernar, vamos mal, muy mal, aunque haya quienes no lo vean o les dé igual.

María Inés Asensio, Paraná, 12 de junio de 2008.